Nos queda la palabra

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Los placeres fáciles y livianos, el bienestar relativo y el engaño colectivo nos hacen soportable esta sociedad que le ha encontrado el gusto a la autofagia.

Leyendo a gente amable en las últimas semanas encontré que aún existe el valor de ser sensato.

Esa sensatez me muestra lo difícil de enfrentar a la mentira y el cinismo con adjetivos que escasean y que ahora poco o nada significan; esa sensatez que rara vez encuentro hoy me pregunta ¿y dónde está la poesía?

El abuso y el atropello se han abierto paso en medio nuestro, tanto que el pensador, el sabio, el llamado a soportar el aguacero ha preferido acomodarse bajo la sombra del tirano y ahora es quien nos convence de lo legítima y de lo justa que es la suerte que tenemos.

Es por  eso que hoy le advierto al culto y al versado, hagan caso a su conciencia, desempolven la vergüenza y no entreguen su intelecto al servicio del villano.

El poeta, el literato, el erudito y el ilustrado yo quisiera que estuvieran de este lado, del lado del que sufre y no por el contrario sometidos halagando al poderoso del momento.

Hace rato que yo entiendo a la insensibilidad como mecanismo de defensa que la evolución ha desarrollado, esa insensibilidad ha hecho presa al atento, al distraído, al obrero y al poeta; aunque el poeta no debiera permitirse nunca, nunca, nunca ese lujo.

Nos queda la palabra, nos queda la esperanza de que sea la palabra quien despierte la bondad del ser humano

Porque es esa palabra, la que llega al sentimiento, la capaz de conmover al cínico, al mentiroso y al inhumano.

Source: Opinión – Portón Latino

 

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